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Mi viaje empieza en el mar, de camino a Ibiza. Una isla mágica que enamora en cuanto adivinas su silueta a lo lejos. El mar estaba en calma y yo también, porque llevaba conmigo todo cuanto necesitaba.

Nos encanta viajar porque nos hace libres. Y nos gusta sentirnos bien. Por ello nos rodeamos de cosas que nos aportan comodidad y una chispa de seguridad.

Una mochila puede ser una mochila, pero puede ser mucho más.

Una vez en el hotel, reviví el momento mágico de entrar en la habitación con una mezcla de ímpetu y curiosidad. Solté mi mochila sobre la cama, para dejarme caer sobre ella y agradecerle al techo que me hubiera concedido estas vacaciones.

En mi cabeza se arremolinaban los planes para los días siguientes. Quizás el tiempo no acompañara, quizás sí. En realidad no importaba si llovía o si el sol decidía visitarme… porque había encontrado tiempo para mí.

El tiempo… ¿Quién le había cosido alas? A veces resulta increíble cómo vuela. Me levanté, cogí la mochila y salí del hotel. No iba a desperdiciar ni un segundo. Subí al coche y me dejé llevar. El aire fresco no podía negar que venía del mar y eso me encantaba.

Me centré en los detalles del paisaje, porque las cosas pequeñas suelen ser las más grandes… Y las mejores sensaciones te las puede regalar algo que no esperas, pero también algo que llevas siempre contigo. En ocasiones le siento apego a objetos que aparentemente no importan, pero que me hacen ser yo.

Pocas cosas están tan cerca, tan a tu lado, como un bolso. Al final forma parte de ti, porque ya no sabes salir sin él.

Pasé el día explorando la isla y finalmente me senté a ver el atardecer. También se puede sentir apego hacia un atardecer. Tanto, que no quieres que acabe núnca…

Y aunque sabes que mañana otro llegará, será en un lugar diferente, rodeada de gente distinta. Lo cierto es que hay atardeceres que podrían durar para siempre y este fue uno de ellos.

Los días fueron trascurriendo y el vínculo con el mar cada vez era más fuerte. Parecía que ya entendía el lenguaje de las olas, que inevitablemente se despedían de mí.

Las playas de Ibiza son de las que no se olvidan jamás y entendí que, aunque algunas cosas acababan, otras nacían dentro de mí y me hacían prometer que volvería.